Judaísmo medieval en Galicia

El judaísmo es, al mismo tiempo, una religión, una tradición legal y una cultura que ha dado forma a la vida de las comunidades judías durante miles de años. Se organiza en torno a la creencia en un único Dios, a la centralidad del texto sagrado y a un conjunto de prácticas que regulan la vida diaria y el calendario anual. En Galicia, pequeños grupos judíos vivieron esta identidad en villas y ciudades desde al menos el siglo XIII hasta su desaparición tras la expulsión de 1492, dejando huellas discretas pero muy significativas en el paisaje urbano, en la economía y en la memoria cultural gallega. El núcleo religioso del judaísmo es la Torá, entendida no solo como un libro, sino como la revelación de la voluntad divina y la base de la ley judía. De ella se derivan mandamientos que abarcan todas las dimensiones de la vida, desde lo litúrgico y lo ético hasta lo alimentario o lo familiar. La tradición rabínica, con el Talmud y la literatura legal posterior, interpreta y actualiza estos mandamientos, de modo que la religión se vive como un diálogo continuo entre texto, comentario y práctica.

La vida cotidiana se estructura en torno a la oración diaria, al descanso sabático y a un calendario que recuerda episodios clave de la historia del pueblo judío, como Pesaj que conmemora la salida de Egipto, Shavuot que recuerda la entrega de la Torá y Sucot con la travesía por el desierto, mientras que Rosh Hashaná y Iom Kipur marcan un tiempo de introspección y juicio espiritual. La sinagoga, más que un templo en sentido estricto, funciona como casa de oración, estudio y reunión y fue también en Galicia el eje de cada comunidad. El judaísmo es también una cultura, con tradiciones familiares, gastronomías específicas y una relación particular con el tiempo y el espacio. La alimentación kasher exige controles precisos sobre la procedencia y el tratamiento de los alimentos, lo que dio lugar en las juderías medievales a redes propias de carnicerías rituales, hornos y bodegas. La pureza ritual se vincula a espacios como la mikvé, el baño ritual que forma parte de la infraestructura básica de toda comunidad estable.

Las primeras referencias claras a comunidades judías organizadas en Galicia datan del siglo XIII en Allariz, donde la Carta de Avenencia de 1289 regula la convivencia entre cristianos y judíos durante las celebraciones religiosas, lo que implica una aljama con suficiente peso como para negociar esta reglamentación. En estas fechas aparecen también menciones a judíos en Ourense, Tui, Pontevedra o Ribadavia, casi siempre asociados a operaciones de crédito, arrendamientos de rentas o comercio. Durante el siglo XIV estas comunidades se consolidan en el marco de un proceso más amplio de crecimiento urbano y articulación de rutas comerciales. Galicia, conectada con Portugal y con las tierras interiores de Castilla, ofrecía a los judíos espacios para actividades financieras y mercantiles, pero también para oficios artesanales y servicios especializados. Documentos notariales muestran a judíos médicos, cirujanos, taberneros, arrendadores de impuestos o intermediarios en préstamos, así como dedicados a pequeños talleres textiles, metalúrgicos y de comercio de productos agrícolas. La vida cotidiana de estos judíos gallegos no difería en exceso de la de sus vecinos cristianos en cuanto a vivienda, vestimenta o estructura familiar. Lo que marcaba la diferencia eran las obligaciones religiosas. Las casas solían tener planta baja para taller o tienda y piso superior residencial, con materiales mixtos de piedra y madera y en algunos casos soportales que volaban sobre la calle.

A lo largo del siglo XV crece el número de judíos que, de manera voluntaria o forzada, se convierten al cristianismo y pasan a formar parte del grupo de los conversos o cristianos nuevos. En Galicia, como en el resto de Castilla, muchos continúan ocupando puestos relevantes en la economía o en la administración local, lo que suscita recelos y acusaciones de “judaizar” en secreto. La llegada de la Inquisición, aunque relativamente tardía y con menor implantación que en otras regiones, introduce un nuevo elemento de presión sobre estas redes familiares y económicas. El punto de inflexión definitivo llega con el Edicto de expulsión de 1492, que obliga a todos los judíos de los reinos de Castilla y Aragón a abandonar el territorio en un plazo muy breve. En Galicia, las fuentes indican diversas estrategias, algunas familias optan por el bautismo mientras otras por el exilio hacia Portugal o hacia rutas atlánticas y las comunidades se disuelven, las sinagogas se reconvierten o se pierden y el patrimonio inmueble pasa a manos cristianas. 

Desde entonces, la presencia judía visible desaparece de Galicia durante siglos, pero no así su legado. Los conversos y sus descendientes mantuvieron, en muchos casos, apellidos, recuerdos familiares y prácticas ambiguas que la Inquisición trató de vigilar y castigar. En el paisaje urbano, perviven calles, tramos de muralla, posibles restos de sinagogas y mikvaot, así como lápidas y topónimos que remiten a ese pasado. Y en el ámbito de la cultura escrita, manuscritos como la Biblia Kennicott son recordatorio material de la intensidad con que el judaísmo se vivió también en esta región de Sefarad.